el desván del queso, y había estado cerrada durante mucho tiempo hasta que él llegó y la eligió como su refugio. Aquí Clare tenía mucho espacio, y a menudo la gente de la lechería lo oía caminar de un lado a otro cuando la casa se había ido a descansar. Una parte estaba separada en un extremo por una cortina, detrás de la cual estaba su cama, estando amueblada la parte exterior como una sencilla sala de estar.
Al principio vivió arriba del todo, leyendo bastante y punteando un viejo arpa que había comprado en una subasta, diciendo, cuando estaba de mal humor, que algún día tal vez tendría que ganarse la vida con ella en las calles.
Pero pronto prefirió leer la naturaleza humana tomando sus comidas abajo, en la cocina-comedor general, con el lechero y su mujer, y las criada y los criados, que en conjunto formaban una animada asamblea; pues aunque pocos ayudantes de ordeño dormían en la casa, varios se sumaban a la familia en las comidas.
Cuanto más tiempo residía Clare allí, menos objeciones ponía a su compañía y más le gustaba compartir aposentos con ellos en régimen de comunidad.
Muy para su sorpresa, encontró, en efecto, un verdadero placer en su compañía. La convencional gente del campo de su imaginación —personificada en la prensa escrita por el patético pelele conocido como Hodge— quedó borrada tras unos días de residencia. De cerca, no había ni rastro de Hodge.
Al principio, es verdad, cuando la inteligencia de Clare salía de una sociedad contrastante, estos amigos con los que ahora codeaba parecían un poco extraños.