No había exageración en la definición que Marian dio de la granja de Flintcomb-Ash como un lugar hambreador. La única cosa gorda sobre la tierra era la propia Marian; y ella era una importación.
De las tres clases de aldea —la aldea cuidada por su señor, la aldea cuidada por sí misma y la aldea descuidada tanto por sí misma como por su señor (en otras palabras, la aldea de los arrendatarios de un hacendado residente, la aldea de propietarios libres o enfiteutas, y la aldea de un propietario ausente, explotada junto con la tierra)—, este lugar, Flintcomb-Ash, era la tercera.
Pero Tess se puso manos a la obra. La paciencia, esa combinación de valor moral y timidez física, ya no era un rasgo menor en la señora Angel Clare; y aquello la sostuvo.
El campo de nabos suecos en el que ella y su compañera se afanaban a golpes de azada abarcaba una extensión de más de cien acres en un solo bloque, en la parte más alta de la granja, elevándose por encima de bancales pedregosos o lynchets —el afloramiento de vetas silíceas en la formación calcárea, compuesto por miríadas de sílex blancos y sueltos con formas bulbosas, cuspidadas y fálicas. El ganado se había comido la mitad superior de cada nabo, y el trabajo de las dos mujeres consistía en desenterrar la mitad inferior o terrosa de la raíz con un tenedor encorvado llamado azada, para que también pudiera ser devorada. Como ya se habían consumido todas las hojas de la hortaliza, todo el campo presentaba un color pardo desolado; era una tez sin rasgos, como si un rostro, desde la barbilla hasta la frente, fuera solo una extensión de piel.