Desde aquel día se impuso el esfuerzo de evitarlo, sin permitirse jamás, como antes, permanecer mucho tiempo en su compañía, ni siquiera si la coincidencia era puramente accidental. A las otras tres les dio todas las oportunidades posibles.
Tess era bastante mujer para comprender por sus confesiones que Angel Clare guardaba el honor de todas las lecheras, y su percepción del cuidado que él ponía en evitar comprometer la felicidad de cualquiera de ellas en lo más mínimo hizo nacer en Tess un tierno respeto hacia lo que ella consideraba, con razón o sin ella, el sentido del deber autodominado que él demostraba, una cualidad que nunca había esperado hallar en alguien del sexo opuesto, y en cuya ausencia más de uno de los sencillos corazones que compartían su hogar habría recorrido llorando su peregrinaje.