Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XXVIII

Estaban desmenuzando las masas de cuajada antes de meterlas en las cubas. La operación se parecía al acto de desmigajar pan a gran escala; y, en medio de la blancura inmaculada de la cuajada, las manos de Tess Durbeyfield revelaban el color rosado de la rosa.

Angel, que estaba llenando las cubas con puñados de cuajada, se detuvo de repente y apoyó las manos abiertas sobre las de ella. Las mangas se las había subido muy por encima del codo y, agachándose más, besó la vena interior de su brazo blando.

Aunque el tiempo de principios de septiembre era bochornoso, su brazo, por haber estado trasegando con la cuajada, estaba tan frío y húmedo en su boca como un champiñón recién cogido, y sabía a suero.

Pero ella era un haz de susceptibilidades tal que su pulso se aceleró con el roce, su sangre fue impelida hasta las yemas de los dedos, y los brazos frescos se ruborizaron de calor.

Entonces, como si su corazón hubiera dicho: «¿Es ya necesaria la timidez? La verdad es la verdad entre hombre y mujer, como entre hombre y hombre», ella levantó los ojos y estos brillaron con devoción en los de él, al tiempo que su labio se curvaba en una tierna y leve sonrisa.

—¿Sabes por qué hice eso, Tess? —dijo él.

«¡Porque me quieres muchísimo!»

—Sí, y como preámbulo a un nuevo ruego.

“¡Otra vez no!”

Sintió un miedo repentino de que su resistencia pudiera venirse abajo bajo el peso de su propio deseo.

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