joven —el último brote de los Paridelles, tan importantes en los anales del condado—. Observaron en silencio un poco más, con sus tres rostros todavía muy juntos como antes, y los tres tonos de sus cabellos mezclándose. Pero el inconsciente señor Clare había entrado, y no lo vieron más; y, al empezar a profundizarse las sombras, se acurrucaron en sus camas. En pocos minutos le oyeron subir la escalera hacia su propia habitación. Marian no tardó en roncar, pero Izz tardó mucho tiempo en caer en el olvido. Retty Priddle lloró hasta dormirse.
Tess, de pasiones más hondas, estaba muy lejos de dormir aun entonces. Esta conversación era otra de las amargas píldoras que se había visto obligada a tragar ese día.
Apenas brotó en su pecho el más mínimo sentimiento de celos. Por lo demás, sabía que ella llevaba la ventaja. Como era de formas más delicadas, tenía mejor educación y, aunque era la menor de todas excepto Retty, era más mujer que cualquiera de ellas, se daba cuenta de que solo se requería el más mínimo cuidado cotidiano para mantener su lugar en el corazón de Angel Clare frente a aquellas sus cándidas amigas.
Pero la grave cuestión era: ¿debía hacer esto?
Había, desde luego, apenas una remota posibilidad para cualquiera de ellas, en un sentido serio; pero había existido, o existía, la probabilidad de que una u otra le inspirara un capricho pasajero por ella y disfrutara del placer de sus atenciones mientras él permaneciera allí.
Apegos tan desproporcionados habían conducido al matrimonio; y ella le había oído a la señora Crick que el señor Clare había preguntado un día, en tono de broma, de qué le serviría casarse con una gran dama, teniendo como tenía diez mil acres de pastos coloniales que cuidar, ganado que criar y trigo que cosechar. Una mujer de granja sería el único tipo de esposa sensata para él.