El trabajo avanzaba sin prisa. Cada balde se vertía en tarros altos que estaban colocados en un carruaje de ballestas que habían llevado al lugar; y, cuando terminaban de ordeñarlas, las vacas se alejaban en fila.
El lechero Crick, que estaba allí con los demás, con su blusón brillando de un blanco milagroso contra un cielo vespertino plomizo, miró de repente su pesado reloj.
—Vaya, es más tarde de lo que pensaba —dijo.
—¡Válgame Dios! No llegaremos a tiempo con esta leche a la estación si nos descuidadas. Hoy no hay tiempo de llevarla a casa y mezclarla con el total antes de enviarla. Tiene que ir a la estación directamente desde aquí. ¿Quién la llevará?
El señor Clare se ofreció a hacerlo, aunque no era asunto suyo, y le pidió a Tess que lo acompañara.
La tarde, aunque sin sol, había sido cálida y bochornosa para la estación, y Tess había salido solo con su caperuza de ordeño, con los brazos descubiertos y sin chaqueta; desde luego, no iba vestida para dar un paseo en carro. Por lo tanto, contestó echando una ojeada a sus escasas prendas; pero Clare la instó amablemente. Ella accedió entregando su cubo y su taburete al lechero para que los llevara a casa, y se subió al carro de ballestas junto a Clare.