Sus párpados, cargados de problemas, siguieron cayendo como antes.
—No puedo decir «Quédate», —respondió ella—; no puedo; no había pensado hasta ahí.
La esperanza femenina de Tess —¿habremos de confesarlo?— había sido tan obstinadamente recuperativa como para revivir en ella visiones surrepticias de una intimidad doméstica prolongada lo bastante como para doblegar su frialdad aun en contra de su propio juicio. Aunque ingenua en el sentido habitual, no era incompleta; y habría denotado una deficiencia de feminidad si no hubiera sabido por instinto qué argumento se encierra en la proximidad. Nada más le serviría, lo sabía, si esto fallaba. Era un error albergar esperanzas en algo que tenía la naturaleza de una estrategia, se decía a sí misma; sin embargo, esa clase de esperanza no podía extinguirla. Su última advertencia ya había sido hecha y era, como ella decía, un nuevo punto de vista. En verdad nunca había llegado a pensar tan lejos, y su lúcido cuadro de una posible descendencia que la despreciaría era uno que traía convicciones mortales a un corazón honesto y profundamente humanitario. La pura experiencia ya le había enseñado que, en ciertas circunstancias, había una cosa mejor que llevar una buena vida, y era salvarse de llevar cualquier vida en absoluto. Como todos aquellos a quienes el sufrimiento ha provisto de clarividencia, podía, en palabras de M. Sully-Prudhomme, escuchar una sentencia penal en el fía de «Naceréis», en particular si iba dirigido a su posible descendencia.
Sin embargo, tal es la vulpina astucia de la Madre Naturaleza que, hasta ahora, Tess se había dejado engañar por su amor hacia Clare hasta el punto de olvidar que este podía derivar en vitalidades que infligirían a otros lo que ella misma había lamentado como una desgracia.
Por lo tanto, no pudo resistir su argumento. Pero con la propensión a la lucha interna propia de los supersensibles, surgió una respuesta a este en la propia mente de Clare, y casi llegó a temerla.