Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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LIII

El recién llegado, que estaba a punto de entrar, vio sus rostros ansiosos en el umbral y el destello del poniente en sus gafas, ya que se enfrentaban a los últimos rayos del día; pero ellos solo pudieron ver su silueta contra la luz.

“¡Oh, hijo mío, hijo mío, al fin en casa!”, exclamó la señora Clare, a quien en aquel momento le importaban tanto las manchas de heterodoxia que habían causado toda aquella separación como el polvo de su ropa. ¿Qué mujer, en verdad, de entre las más fieles devotas de la verdad, cree en las promesas y amenazas de la Palabra del mismo modo en que cree en sus propios hijos, o no echaría su teología a volar si se pusiera en la balanza frente a la felicidad de estos? Tan pronto como llegaron a la estancia donde las velas estaban encendidas, le miró el rostro.

—¡Oh, no es Angel —no es mi hijo—, no es el Angel que se fue! —exclamó con toda la ironía del dolor, mientras se apartaba.

Su padre también se quedó atónito al verle, tan disminuida había quedado aquella figura respecto a sus formas anteriores debido a la preocupación y a la mala estación que Clare había pasado en el clima al que se había apresurado tan imprudentemente en su primera aversión a la burla de los acontecimientos en su patria. Se le veía el esqueleto al hombre, y casi el fantasma al esqueleto. Parecía el Cristo muerto de Crivelli. Sus cuencas oculares hundidas tenían un matiz enfermizo, y la luz de sus ojos había menguado. Los huecos angulosos y las líneas de sus ancianos antepasados se habían adueñado de su rostro veinte años antes de tiempo.

—Estuve enfermo por allá, ¿sabe? —dijo—. Ahora ya estoy bien.

Como si, sin embargo, fuera a desmentir esta afirmación, sus piernas parecieron flaquear y de repente se sentó para evitar caerse.

No era más que un leve ataque de debilidad, producto del tedioso viaje del día y de la emoción de la llegada.

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