expresión extrañamente compuesta de alegría, timidez y sorpresa, exclamó: —¡Oh, señor Clare! Cómo me ha asustado... yo...
Al principio no había tenido tiempo de pensar en las nuevas relaciones que su declaración había introducido; pero el pleno significado del asunto acudió a su rostro cuando se encontró con la tierna mirada de Clare al dar este un paso al frente hacia el pie de la escalera.
«¡Querida, adorada Tessy! —susurró, rodeándola con el brazo y pegando su rostro a la mejilla sonrojada de ella—. ¡Por el amor de Dios, no me hables más de usted! ¡Me he apresurado a volver tan pronto por ti!».
El corazón exaltado de Tess latía contra el suyo a modo de respuesta; y allí seguían de pie sobre el suelo de ladrillo rojo del recibidor, con el sol entrando oblicuo por la ventana sobre su espalda, mientras él la sostenía fuertemente contra su pecho; sobre su rostro inclinado, sobre las venas azules de su sien, sobre su brazo desnudo, y su cuello, y en lo más hondo de sus cabellos.
Como se había estado recostando con la ropa puesta, estaba cálida como un gato soleado. Al principio no quiso mirarlo directamente a los ojos, pero pronto los alzó, y los de él sondearon la profundidad de aquellas pupilas siempre cambiantes, con sus fibrillas radiantes de azul, negro, gris y violeta, mientras ella lo contemplaba como Eva en su segundo despertar pudo haber contemplado a Adán.
“Tengo que ir a desnatar —suplicó—, y hoy solo tengo a la vieja Deb para que me ayude. La señora Crick ha ido al mercado con el señor Crick, y Retty no se siente bien, y los demás han salido por ahí y no volverán hasta la hora del ordeño”.
Mientras se retiraban hacia la lechería, Deborah Fyander apareció en la escalera.