A Angel le habría gustado que al menos uno de sus hermanos estuviera presente como padrino, pero el silencio de estos tras su discreta sugerencia por carta había dejado claro que no les apetecía venir. Desaprobaban el matrimonio y no se podía esperar que lo respaldaran. Tal vez fuera mejor que no pudieran estar presentes. No eran muchachos mundanos, pero confraternizar con gente de la lechería les habría resultado sumamente desagradable a su afectada delicadeza, además de su opinión sobre el enlace.
Sostenida por el impulso del momento, Tess no sabía nada de aquello, no veía nada, no sabía el camino que llevaban hacia la iglesia. Sabía que Angel estaba cerca de ella; todo lo demás era una niebla luminosa. Era una especie de persona celestial, que debía su existencia a la poesía—una de aquellas divinidades clásicas de las que Clare solía hablarle cuando daban sus paseos juntos.
Como la boda era por licencia, apenas había una docena de personas en la iglesia; de haber habido mil, no habrían producido en ella mayor efecto. Se encontraban a distancias siderales de su mundo presente.
En la solemne éxtasis con que le juró su fe, las sensibilidades ordinarias del sexo parecían una frivolidad.
En una pausa del oficio, mientras estaban arrodillados juntos, ella se inclinó inconscientemente hacia él, de modo que su hombro rozó el brazo de él; la había asustado un pensamiento fugaz, y el movimiento había sido automático, para asegurarse de que él estaba allí de verdad, y para fortificar su creencia de que la fidelidad de él sería a prueba de todo.
Clare sabía que lo amaba—cada curva de su forma lo demostraba—, pero él no conocía en aquel momento toda la profundidad de la devoción de ella, su entrega absoluta, su mansedumbre; qué paciencia garantizaba, qué honestidad, qué resistencia, qué buena fe.