me quedé quieta contra su pecho, deseándolo con toda el alma, sin moverme para nada. Pero no lo hizo. ¡No me gusta seguir aquí en Talbothays! Me iré a
El aire del dormitorio parecía palpitar con la pasión desesperada de las muchachas. Se retorcían febrilmente bajo la opresión de una emoción impuesta por la ley de la cruel Naturaleza: una emoción que no habían esperado ni deseado. El incidente del día había avivado la llama que les quemaba las entrañas, y el tormento era casi más de lo que podían soportar. Las diferencias que las distinguían como individuos quedaban abstraídas por esta pasión, y cada una no era sino parte de un único organismo llamado sexo. Había tanta franqueza y tan poca celotipia debido a que no existía esperanza. Cada una era una muchacha de razonable sentido común, y no se deludía con vanos conceptos, ni negaba su amor, ni se daba aires con la idea de eclipsar a las demás. El pleno reconocimiento de la futilidad de su encaprichamiento, desde un punto de vista social; su comienzo sin propósito; su perspectiva auto-limitada; su carencia de todo lo que justificara su existencia ante los ojos de la civilización (aunque no le faltara nada ante los ojos de la Naturaleza); el único hecho de que existía, extasiándolas en un goce mortal—todo esto les infundía una resignación, una dignidad que una expectativa práctica y sórdida de ganárselo como esposo habría destruido.
Dieron vueltas y más vueltas en sus camitas, y el lagar goteaba monótonamente en la planta baja.
—¿Estás despierta, Tess? —susurró una, media hora más tarde.
Era la voz de Izz Huett.
Tess respondió afirmativamente, tras lo cual Retty y Marian también se quitaron de repente las mantas de encima y suspiraron—
“¡Así sea!”