Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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X

«¡Jo-jo-jo!», se rió el oscuro Car.

«¡Je, je, je!», rió la novia beoda, mientras se sostenía del brazo de su tierno esposo.

«¡Heu-heu-heu!», se rio la madre del oscuro Car, acariciándose el bigote mientras explicaba lacónicamente:

«¡De Guatemala a Guatepeor!».

Entonces aquellos hijos del aire libre, a quienes ni siquiera el exceso de alcohol podía perjudicar permanentemente, se encaminaron por el sendero del campo; y a medida que avanzaban, se movía junto con ellos, alrededor de la sombra de la cabeza de cada uno, un círculo de luz opalina, formado por los rayos de la luna sobre la brillante capa de rocío.

Cada caminante no podía ver más que su propio halo, el cual nunca abandonaba la sombra de la cabeza, por muy vulgar e inestable que fuera; sino que se adhería a ella y la embellecía persistentemente, hasta que los movimientos erráticos parecían una parte inherente de la irradiación, y los vapores de su aliento un componente de la bruma nocturna; y el espíritu de la escena, y de la luz de la luna, y de la Naturaleza, parecían fundirse armoniosamente con el espíritu del vino.

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