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nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XIV

Sin embargo, pronto quedó claro que la hora de la emancipación para aquel pequeño prisionero de la carne iba a llegar antes de lo que su peor presentimiento había conjeturado. Y cuando descubrió esto, se vio sumida en una miseria que trascendía la de la simple pérdida del niño. Su bebé no había sido bautizado.

Tess se había dejado llevar por un estado mental que aceptaba pasivamente la consideración de que, si tenía que arder por lo que había hecho, pues que ardiera, y se acabó.

Como todas las aldeanas, tenía una sólida base en las Sagradas Escrituras, había estudiado devotamente las historias de Aholá y Aholibá, y conocía las deducciones que debían extraerse de ellas.

Pero cuando la misma cuestión se planteaba con respecto al bebé, adquiría un cariz muy diferente. Su pequeño tesoro estaba a punto de morir, y sin salvación.

Era casi la hora de acostarse, pero ella corrió escaleras abajo y preguntó si podía mandar a buscar al párroco. El momento coincidía con aquel en que el sentido que tenía su padre de la antigua nobleza de su familia estaba en su punto más álgido, y su susceptibilidad ante la mancha que Tess había impreso en esa nobleza, más aguda, pues acababa de regresar de su juerga semanal en la taberna de Rolliver.

Ningún párroco cruzaría su puerta, declaró, metiéndose en sus asuntos, justo entonces, cuando, debido a su vergüenza, era más necesario que nunca ocultarlos. Echó la llave y se la guardó en el bolsillo.

La casa se fue a la cama y, afligida sin medida, Tess se retiró también. Se despertaba continuamente mientras yacía en la cama, y en medio de la noche descubrió que el bebé estaba aún peor. Era evidente que se moría —de forma silenciosa e indolora, pero no por ello menos certera—.

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