su mente la balada de su madre sobre la túnica mística—
Que jamás llegaría a ser aquella esposa que una vez había faltado, la que la señora Durbeyfield solía cantarle de niña, tan alegre y pícaramente, con el pie en la cuna que mecía al compás.
Supongamos que este vestido la delatara cambiando de color, como su vestido había delatado a la reina Ginebra. Desde que estaba en la granja lechera, no había pensado en esos versos ni una sola vez hasta ahora.