Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XXIV

fascinante, enloquecedor. Nunca antes había visto los labios y los dientes de una mujer que impusieran en su mente con tan persistente machaqueo el viejo símil isabelino de rosas llenas de nieve. Perfectos, los habría llamado a la primera, como enamorado. Pero no⁠—no eran perfectos. Y era el toque de lo imperfecto sobre lo que pretendía ser perfecto lo que aportaba la dulzura, porque era eso lo que le otorgaba la humanidad.

Clare había estudiado las curvas de aquellos labios tantas veces que podía reproducirlas mentalmente con facilidad: y ahora, al tenerlos de nuevo ante sí, revestidos de color y vida, enviaron un aura por su carne, una brisa por sus nervios que por poco le produce un mareo; y le provocaron en realidad, por algún misterioso proceso fisiológico, un estornudo prosaico.

Ella advirtió entonces que él la estaba observando; pero no quiso demostrarlo con ningún cambio de postura, aunque la extraña fijeza de sueño desapareció, y un ojo atento habría podido discernir fácilmente que el sonrojo de su rostro se intensificaba, y luego se desvanecía hasta que apenas quedó un leve matiz.

La influencia que había penetrado en Clare como una excitación salida del cielo no se extinguió.

Resoluciones, reticencias, prudencias, temores, retrocedieron como un batallón derrotado. Se levantó de su asiento y, dejando su balde para que lo volcaran si a la lechera le venía en gana, caminó deprisa hacia el deseo de sus ojos y, arrodillándose a su lado, la estrechó entre sus brazos.

Tess se vio completamente sorprendida, y se entregó a su abrazo con una inevitabilidad reflexiva. Al haber visto que era realmente su amante quien se había acercado, y nadie más, sus labios se entreabrieron, y se derrumbó sobre él en su alegría momentánea, con algo muy parecido a un grito extático.

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