un pastor solitario.
—¿Qué significa esa vieja piedra que he dejado atrás? —le preguntó ella—. ¿Fue alguna vez una Santa Cruz?
—Cruz—no; ¡no era una cruz! Es una cosa de mal agüero, señorita. Fue colocada en tiempos antiguos por los parientes de un malhechor que fue torturado allí clavándole la mano a un poste y después ahorcado. Los huesos yacen debajo. Dicen que vendió su alma al diablo y que a veces se aparece.
Experimentó la petite mort ante aquella información tan inesperada como macabra, y dejó atrás al hombre solitario. Era el crepúsculo cuando se acercó a Flintcomb-Ash, y en el camino a la entrada de la aldea se aproximó a una muchacha y a su pretendiente sin que estos la advirtieran. No hablaban de nada secreto, y la voz clara y despreocupada de la joven, en respuesta a los acentos más cálidos del hombre, se propagaba por el aire gélido como la única cosa reconfortante dentro del horizonte sombrío, lleno