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nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XVIII

Sentarse como un miembro en pie de igualdad de la casa del lechero parecía al principio un procedimiento indigno. Las ideas, los modos, el entorno, parecían retrógrados y carentes de sentido.

Pero al seguir viviendo allí, día tras día, el agudo huésped cobró conciencia de un nuevo aspecto en el espectáculo. Sin cambio objetivo alguno, la variedad había reemplazado a la monotonía.

Su anfitrión y la familia de su anfitrión, sus mozos y sus criada, a medida que Clare llegó a conocerlos íntimamente, empezaron a diferenciarse como en un proceso químico. El pensamiento de Pascal se le hizo evidente:

« A mesure qu’on a plus d’esprit, on trouve qu’il y a plus d’hommes originaux. Les gens du commun ne trouvent pas de différence entre les hommes. »

El típico e invariable Hodge dejó de existir. Se había disuelto en una serie de variados semejantes: seres de múltiples mentes, seres infinitamente diversos; algunos felices, muchos serenos, unos pocos deprimidos, uno que otro brillante hasta el genio, algunos estúpidos, otros licenciosos, otros austeros; algunos silenciosamente miltonianos, otros potencialmente cromwelianos; en hombres que tenían opiniones particulares los unos de los otros, como él las tenía de sus amigos; que podían aplaudirse o condenarse mutuamente, divertirse o entristecerse contemplando las debilidades o vicios de los demás; hombres que, cada uno a su manera, transitaban individualmente el camino hacia la polvorienta muerte.

Inesperadamente comenzó a gustarle la vida al aire libre por sí misma, y por lo que le aportaba, al margen de su relación con su futura carrera. Teniendo en cuenta su situación, se libró maravillosamente de la melancolía crónica que se está adueñando de las razas civilizadas con el declive de la fe en un Poder benéfico.

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