«Y ahora, rodéame la cintura con los brazos otra vez, como hiciste antes, belleza
—¡Jamás! —dijo Tess con independencia, aguantándose como pudo sin tocarlo.
—Déjame darte un solo besito en esos labios de mora, Tess, o incluso en esa mejilla caliente, y me detendré; ¡te lo juro por mi honor, lo haré!
Tess, sorprendida más allá de todo límite, se deslizó aún más hacia atrás en su asiento, ante lo cual él arreó el caballo de nuevo y la mecía con más fuerza.
—¿No sirve nada más? —exclamó al fin, desesperada, con los grandes ojos clavados en él como los de una fiera. Aquel bonito atavío con que la había adornado su madre al parecer había servido de muy poco.
—Nada, querida Tess —respondió él.
—Oh, no lo sé—muy bien; ¡no me importa! —dijo ella con la respiración entrecortada y miserable.
Contuvo la marcha, y al disminuir la velocidad estuvo a punto de estampar el saludo deseado, cuando, como si apenas fuera consciente de su propio pudor, ella se apartó con un regate. Como sus brazos estaban ocupados con las riendas, no le quedó capacidad alguna para impedir la maniobra de ella.
—¡Ahora, maldita sea, nos romperemos los dos la nuca! —juró su caprichoso y apasionado compañero—. ¿Conque puedes faltar así a tu palabra, pequeña bruja, eh?
—Muy bien —dijo Tess—, ¡no me moveré ya que estás tan empeñado! Pero yo... ¡pensé que serías bueno conmigo y me protegerías, como pariente mío!