A las once de esa noche, tras haber conseguido una habitación en uno de los hoteles y telegrafiado su dirección a su padre inmediatamente a su llegada, salió a las calles de Sandbourne.
Era demasiado tarde para visitar o preguntar por alguien, y pospuso su propósito a regañadientes hasta la mañana. Pero no podía retirarse a descansar todavía.
Este moderno balneario, con sus estaciones oriental y occidental, sus muelles, sus arboledas de pinos, sus paseos y sus jardines cubiertos, era, para Angel Clare, como un lugar de hadas creado de repente por el golpe de una varita mágica y al que se hubiera dejado acumular un poco de polvo.
Un sector oriental periférico del enorme páramo de Egdon se hallaba muy cerca, pero al borde mismo de aquella rojiza pieza de la antigüedad había elegido surgir una novedad tan brillante como esta ciudad de recreo. A la distancia de una milla de sus afueras, cada irregularidad del suelo era prehistórica, cada cauce una ruta británica intacta; ni un solo césped había sido removido allí desde los días de los Césares.
Sin embargo, lo exótico había crecido allí, de repente como la calabaza del profeta, y había atraído hasta allí a Tess.
A la luz de las lámparas de medianoche subía y bajaba por los sinuosos caminos de este mundo nuevo dentro de otro viejo, y podía distinguir entre los árboles y contra las estrellas los altos tejados, chimeneas, miradores y torres de las numerosas y caprichosas residencias de las que se componía el lugar. Era una ciudad de mansiones exentas; un lugar de descanso mediterráneo en el canal de la Mancha; y, vista ahora de noche, parecía aún más