“¡Que lo cuelguen por pariente! ¡Ahora mismo!”
—¡Pero si yo no quiero que nadie me bese, señor! —suplicó ella, mientras una gran lágrima empezaba a rodar por su rostro y los comisuras de su boca temblaban en su intento por no llorar—. ¡Y no habría venido si lo hubiera sabido!
Él fue inexorable, y ella se quedó sentada, y d’Urberville le dio el beso de la dominación.
No bien lo hubo hecho, ella se sonrojó de vergüenza, sacó su pañuelo y se frotó la mancha de la mejilla que había sido tocada por sus labios. Su ardor se vio irritado al verlo, pues el acto por parte de ella había sido cometido inconscientemente.
—¡Eres demasiado susceptible para una muchacha de la campiña! —dijo el joven.
Tess no contestó a este comentario, cuyo sentido, a decir verdad, no comprendía del todo, haciendo caso omiso del desaire que le había propinado con su roce instintivo en la mejilla.
De hecho, había borrado el beso, en la medida en que semejante cosa era físicamente posible. Con la vaga sensación de que él estaba disgustado, miró fijamente al frente mientras avanzaban al trote cerca de Melbury Down y Wingreen, hasta que vio, para su consternación, que aún quedaba otra pendiente por bajar.
—¡Ya te arrepentirás de eso! —prosiguió, con el tono ofendido aún intacto, mientras blandía el látigo de nuevo—. A menos que, claro está, aceptes de buen grado dejar que lo haga otra vez, y sin pañuelo.
Ella suspiró. «¡Muy bien, señor! —dijo—. ¡Oh... déjeme buscar mi sombrero!».