Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XLV

expresar súplica; el rubor de la mejilla que ayer podía interpretarse como desenfreno se evangelizaba hoy en el esplendor de una piadosa retórica; el animalismo se había vuelto fanatismo; el paganismo, paulinismo; el ojo audaz y errante que en los viejos tiempos había fulgurado sobre su cuerpo con tanta autoridad, brillaba ahora con la energía agreste de una teolatría casi feroz. Aquellos rasgos negros y angulosos que el rostro solía adoptar cuando se frustraban sus deseos cumplían ahora la función de retratar al impenitente pecador que insistía en volver a revolcarse en el fango.

Los rasgos, como tales, parecían quejarse. Habían sido desviados de su connotación hereditaria para significar impresiones para las que la Naturaleza no los había destinado. Extraño que su misma elevación fuera una malversación, que ascender pareciera falsear.

¿Pero podía ser así? Ya no quiso albergar más aquel sentimiento mezquino. D’Urberville no era el primer hombre malvado que se había apartado de su maldad para salvar su alma, ¿y por qué iba a juzgarlo antinatural en él?

No era más que el hábito del pensamiento lo que se le había trastornado al oír buenas palabras nuevas con viejas notas malas. Cuanto mayor era el pecador, mayor era el santo; no era necesario adentrarse mucho en la historia cristiana para descubrir eso.

Tales impresiones la conmovían vagamente, y sin estricta definción. Tan pronto como la pausa desmadejada de su sorpresa le permitió moverse, su impulso fue seguir de largo fuera de su vista. Él evidentemente aún no la había distinguido en su postura a contraluz.

Pero en el momento en que ella volvió a moverse, la reconoció. El efecto sobre su antiguo amante fue eléctrico, mucho más intenso que el efecto de la presencia de él sobre ella.

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