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nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XXXV

piedra que cruzaba el río principal y seguir el camino unos pocos metros. Cuando regresó, todo seguía tal como lo había dejado, y el fuego aún ardía. No se quedó abajo más de un minuto, sino que se dirigió a su habitación, adonde había sido llevado el equipaje. Allí se sentó en el borde de la cama, mirando a su alrededor con la mente en blanco, y pronto comenzó a desnudarse. Al acercar la luz hacia la cama, sus rayos cayeron sobre el cielo raso de felpa blanca; algo colgaba debajo de este, y ella levantó la vela para ver qué era. Una rama de muérdago. Angel la había puesto allí; lo supo en un instante. Esa era la explicación de aquel misterioso paquete que había sido tan difícil de empaquetar y traer; cuyo contenido él no le había querido explicar, diciendo que el tiempo pronto le mostraría su propósito. En su entusiasmo y su alegría, la había colgado allí. Qué tonto e inoportuno parecía aquel muérdago ahora.

No teniendo ya nada más que temer, apenas nada que esperar, pues de que él cediera no parecía haber promesa alguna, se tumbó con pesadez.

Cuando la pena deja de ser especulativa, el sueño ve su oportunidad. Entre tantos estados de ánimo más felices que prohíben el reposo, este era uno que lo acogía, y en pocos minutos la solitaria Tess olvidó la existencia, rodeada por la aromática quietud de la estancia que antaño, posiblemente, había sido el lecho nupcial de su propia ascendencia.

Más tarde aquella noche, Clare también desandó sus pasos hacia la casa. Entrando sigilosamente en la salita, consiguió luz y, con el ademán de quien ha meditado bien su conducta, extendió sus mantas sobre el viejo sofá de crin que había allí, improvisando toscamente un lecho. Antes de acostarse, subió sin zapatos de puntillas y escuchó a la puerta de la habitación de ella. Su respiración compasada indicaba que dormía profundamente.

“¡Gracias a Dios!”, murmuró Clare; y, sin embargo, experimentó una punzada de amargura al pensar —con una verdad aproximada, aunque

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