húmedas cerca que dividían el prado, las cuales brillaban ahora como varillas de vidrio. Minúsculos diamantes de humedad de la neblina pendían también de las pestañas de Tess, y gotas en su cabello, como aljófares. Cuando el día se hizo del todo fuerte y común, estas se secaron; además, Tess perdió entonces su extraña y etérea belleza; sus dientes, labios y ojos centelleaban bajo los rayos del sol y era de nuevo únicamente la lechera de rubia deslumbrante, que tenía que valerse por sí misma frente a las demás mujeres del mundo.
Por entonces solían oír la voz del lechero Crick, que reprendía a los ordeñadores forasteros por llegar tarde y le hablaba con aspereza a la vieja Deborah Fyander por no lavarse las manos.
«¡Por el amor de Dios, métete las manos debajo de la bomba, Deb! ¡A fe mía que si la gente de Londres llegara a saber de ti y de tus modales desaseados, se tragarían la leche y la mantequilla con aún más remilgos de los que ya gastan; y eso ya es decir mucho!».
El ordeño continuó, hasta que hacia el final Tess y Clare, al igual que los demás, pudieron oír la pesada mesa del desayuno separada de la pared de la cocina por la señora Crick, siendo este el preliminar invariable de cada comida; el mismo horrible arrastre acompañaba su viaje de regreso una vez que la mesa había sido despejada.