La estación se desarrolló y maduró. Otra entrega anual de flores, hojas, ruiseñores, zorzales, pinzones y criaturas efímeras semejantes ocupó los lugares donde apenas un año atrás otros habían estado en su sitio, cuando estos no eran más que gérmenes y partículas inorgánicas.
Los rayos del amanecer hicieron brotar los capullos y los estiraron en largos tallos, elevaron la savia en corrientes silenciosas, abrieron los pétalos y exhalaron los aromas en surtidores y alientos invisibles.
La casa de lecheras y mozos del granjero Crick transcurría con comodidad, placidez e incluso alegría. Su posición era tal vez la más feliz de toda la escala social, pues se encontraba por encima de la línea en la que terminan las necesidades y por debajo de la línea en la que las convenances coartan los sentimientos naturales, y la presión de una modas gastadas resta valor a lo suficiente.
Así pasó el tiempo frondoso en que la arborescencia parece ser el único propósito al aire libre. Tess y Clare se estudiaban el uno al otro inconscientemente, siempre en equilibrio al borde de una pasión, pero al parecer manteniéndose al margen de ella. Todo el tiempo convergían, bajo una ley irresistible, tan seguramente como dos arroyos en un mismo valle.
Tess had never in her recent life been so happy as she was now, possibly never would be so happy again. She was, for one thing, physically and mentally suited among these new surroundings. The sapling which had rooted down to a poisonous stratum on the spot of its sowing had been transplanted to a deeper soil. Moreover she, and Clare also, stood as yet on the debatable land between predilection and love; where no profundities have been reached; no