—He vuelto, Deborah —dijo el señor Clare, hacia arriba—. Así que puedo ayudar a Tess con el desnatado; y, como estás muy cansada, estoy seguro, no hace falta que bajes hasta la hora del ordeño.
Posiblemente la leche de Talbothays no fue desnatada del todo bien aquella tarde.
Tess estaba en un sueño en el que los objetos familiares aparecían con luces, sombras y posición, pero sin un contorno determinado. Cada vez que sostenía la espumadera bajo la bomba para enfriarla para la tarea, su mano temblaba; el ardor de su afecto era tan palpable que ella parecía encogerse ante él como una planta bajo un sol demasiado abrasador.
Luego la apretó de nuevo contra su costado, y cuando ella terminó de pasar el dedo índice por los bordes de plomo para separar la capa de nata, él se lo limpió al modo natural; pues los modales sin restricciones de la vaquería de Talbothays resultaban oportunos ahora.
—Más bien puedo decírtelo ahora que más tarde, querida —prosiguió con suavidad—; deseo preguntarte algo de índole muy práctica, en lo que he estado pensando desde aquel día de la semana pasada en los prados. Pronto querré casarme y, siendo granjero, ya ves que necesitaré por esposa a una mujer que sepa todo lo relacionado con la administración de granjas. ¿Quieres ser esa mujer, Tessy?
Lo expresó de tal modo que ella pudiera no pensar que él había cedido a un impulso que su cabeza desaprobaría.
Se puso bastante ojerosa. Se había resignado al resultado inevitable de la proximidad, la necesidad de amarle; pero no había contado con este corolario repentino que, en realidad, Clare le había planteado sin tener la intención de hacerlo tan pronto. Con un dolor que era como la amargura de la disolución, murmuró las palabras de su indispensable y jurada respuesta de mujer honorable.