Los demás esperaban la respuesta del lechero como si les fuera la vida en ello; Retty, con los labios entreabiertos, contemplando el mantel; Marian, con un rubor más intenso sobre su rojez; Tess, con el corazón en un puño y la mirada perdida en los prados.
«Bueno, no puedo recordar el día exacto sin mirar mi libreta de notas —respondió Crick, con la misma intolerable despreocupación—. Y aun así puede que varíe un poco. Seguro que se quedará para coger un poco de práctica con los partos de las vacas en el corral de la paja. Diría que aguantará hasta finales de año».
Cuatro meses más o menos de torturante éxtasis en su compañía—de «placer ceñido por el dolor». Después, la negrura de una noche inefable.
En este momento de la mañana, Angel Clare cabalgaba por un camino estrecho a diez millas de distancia de los comensales del desayuno, en dirección a la vicaría de su padre en Emminster, cargando, tan bien como podía, una pequeña cesta que contenía algunas morcillas y una botella de hidromiel, enviadas por la señora Crick, con sus cordiales saludos, para sus padres.
El camino blanco se extendía ante él, y sus ojos estaban puestos en él; pero su mirada estaba fija en el año próximo, y no en el camino. La amaba; ¿debía casarse con ella? ¿Se atrevía a casarse con ella? ¿Qué dirían su madre y sus hermanos? ¿Qué diría él mismo un par de años después del acontecimiento? Eso dependería de si los gérmenes de una leal camaradería subyacían a la emoción pasajera, o de si se trataba de un goce puramente sensual por su figura, sin un sustrato de eternidad.
El pequeño pueblo rodeado de colinas de su padre, la torre de la iglesia de estilo Tudor de piedra roja, el grupo de árboles cerca de la vicaría, aparecieron por fin a su vista allá abajo, y cabalgó hacia la bien conocida verja.