—Pues bien, si no llega a habérnoslo dicho, estoy seguro de que no nos habríamos fijado en que había estado sentada en parte alguna con esta luz —respondió el lechero. Y continuó dirigiéndose a su esposa, con el aire estólido de un hombre que no comprendía nada de las emociones relativas al matrimonio—: Pues mira, Christianer, eso demuestra que la gente nunca debe imaginarse que los demás andan suponiendo cosas cuando no es así. ¡Ah, no!, yo ni por asomo habría pensado en dónde se había sentado si ella no me lo hubiera dicho; yo desde luego que no.
—Nos vamos a casar pronto —dijo Clare, con fingida flema.
—¡Ah—y lo es! Bien, me alegro de veras de oír eso, señor. Hace ya un tiempo que pensaba que podría hacer algo así. Ella es demasiado buena para lechera —lo dije el mismo día que la vi— y un tesoro para cualquier hombre; y lo que es más, una mujer excepcional para la esposa de un agricultor acomodado; con ella a su lado, él no estará a merced de su mayoral.
De algún modo, Tess desapareció. Había quedado aún más impresionada por el aspecto de las muchachas que seguían a Crick que desconcertada por el brusco elogio de este.
Después de cenar, cuando llegó a su dormitorio, todas estaban presentes. Una luz ardiente iluminaba la estancia, y cada doncella se incorporaba blanquecina en su lecho, aguardando a Tess, pareciendo en conjunto una hilera de fantasmas vengativos.
Pero ella vio en pocos momentos que no había malicia en su talante. Apenas podían sentir como una pérdida lo que nunca habían esperado tener. Su condición era objetiva, contemplativa.
—¡Se va a casar con ella! —murmuró Retty, sin apartar los ojos de Tess—. ¡Cómo se le nota en la cara!
“¿Te vas a casar con él?”, preguntó Marian.