“Por la experiencia —dice Roger Ascham—, descubrimos un atajo a través de un largo rodeo”.
No pocas veces ese largo rodeo nos incapacita para seguir viajando, ¿y de qué nos sirve entonces nuestra experiencia? La experiencia de Tess Durbeyfield fue de esta índole incapacitante. Por fin había aprendido qué hacer; pero ¿quién aceptaría ahora sus actos?
Si antes de ir a lo de los d’Urberville se hubiera movido con energía bajo la guía de varios textos y frases gnómicas conocidas por ella y por el mundo en general, sin duda nunca se habrían aprovechado de ella. Pero no había estado en el poder de Tess —ni está en el poder de nadie— sentir toda la verdad de las opiniones áureas mientras es posible sacar provecho de ellas. Ella —y cuántos más— podría haberle dicho irónicamente a Dios con San Agustín: «Tú has aconsejado un curso mejor de lo que has permitido».
Permaneció en la casa de su padre durante los meses de invierno, desplumando aves, o engordando pavos y gansos, o haciéndole ropa a sus hermanos y hermanas con unos atavíos que d’Urberville le había regalado y que ella había guardado con desprecio.
Recurrir a él, no lo haría. Pero a menudo juntaba las manos detrás de la cabeza y se quedaba pensando cuando se suponía que debía estar trabajando duro.
Ella observaba filosóficamente las fechas a medida que pasaban en la revolución del año; la desastrosa noche de su perdición en Trantridge con el oscuro fondo de The Chase; asimismo las fechas del nacimiento y muerte del bebé; también su propio cumpleaños; y cualquier otro día individualizado por incidentes en los que ella había tomado alguna parte.