Es la trilla del último montón de trigo en la granja de Flintcomb-Ash. El alba de la mañana de marzo es singularmente inexpresiva, y no hay nada que indique dónde se encuentra el horizonte oriental. Contra el crepúsculo se levanta la cima trapezoidal de la parva, que ha permanecido aquí desoladamente a través del lavado y blanqueo del tiempo invernal.
Cuando Izz Huett y Tess llegaron al escenario de las operaciones, solo un susurro indicó que otros se les habían adelantado; al cual, a medida que aumentaba la luz, se sumaron de inmediato las siluetas de dos hombres en la cumbre.
Estaban ocupados desatando el almiar, es decir, quitando el bálago antes de empezar a tirar las gavias; y mientras esto transcurría, Izz y Tess, junto con las otras jornaleras, con sus delantales de color pardo blanquecino, esperaban y temblaban, ya que el Granjero Groby había insistido en que estuvieran allí tan temprano para terminar el trabajo, de ser posible, al acabar el día.
Justo bajo los aleros del pajar, y todavía apenas visible, estaba el tirano rojo al que las mujeres habían venido a servir: una construcción con armazón de madera, con correas y ruedas correspondientes; la trilladora que, mientras funcionaba, mantenía una exigencia despótica sobre la resistencia de sus músculos y nervios.
A poco distancia había otra figura imprecisa; esta, negra, con un siseo constante que hablaba de una fuerza muy reservada. La larga chimenea que se extendía junto a un fresno, y el calor que irradiaba el lugar, explicaban sin necesidad de mucha luz del día que allí se encontraba el motor que había de actuar como el primum mobile de este pequeño mundo.