Descubrió, para su consternación, que esto se debía a que se habían comido todas las patatas de siembra: aquel último desliz de los imprudentes. En el primer momento posible consiguió las que pudo adquirir, y en pocos días su padre estuvo lo suficientemente bien como para ocuparse del huerto, gracias a los persuasivos esfuerzos de Tess; mientras que ella misma se hizo cargo de la parcela que alquilaban en un campo a un par de cientos de yardas del pueblo.
Le gustaba hacerlo después del encierro en la habitación de la enferma, donde ya no se le exigía estar debido a la mejoría de su madre.
El movimiento violento aliviaba el pensamiento.
El terreno se encontraba en un recinto alto, seco y despejado, donde había cuarenta o cincuenta parcelas de ese tipo, y donde la labor era más intensa cuando la jornada del trabajo asalariado había terminado.
La labranza solía empezar a las seis y se extendía indefinidamente hasta el anochecer o la luz de la luna.
En ese momento, montones de malas hierbas muertas y despojos ardían en muchas de las parcelas, ya que el clima seco favorecía su combustión.
Un buen día, Tess y ’Liza-Lu trabajaron allí con sus vecinos hasta que los últimos rayos del sol incidieron de plano sobre las estacas blancas que dividían las parcelas. Tan pronto como el crepúsculo sucedió a la puesta del sol, el resplandor de las hogueras de grama y tallos de col comenzó a iluminar intermitentemente los huertos familiares, apareciendo y desapareciendo sus contornos bajo el denso humo transportado por el viento. Cuando una fogata brillaba, los bancos de humo, soplados horizontalmente a ras de suelo, se iluminaban a su vez con un brillo opaco, ocultando a los trabajadores unos de otros; y se podía comprender