mantillo blando, que embotaba el filo de todo lo que intentaba atravesarlo. Había bloqueado su aceptación de la Iglesia; bloqueaba su aceptación de Tess. Además, su afecto mismo era menos fuego que resplandor y, con respecto al otro sexo, cuando dejaba de creer dejaba de seguir: distinguiéndose en esto de muchas naturalezas impresionables, que siguen encaprichadas por los sentidos de aquello que intelectualmente desprecian. Esperó hasta que cesaron sus
—Desearía que la mitad de las mujeres de Inglaterra fueran tan respetables como usted —dijo, en un arrebato de amargura hacia el género femenino en general.
«¡No es una cuestión de respetabilidad, sino de principios!».
Él le dijo cosas como estas y otras de índole semejante, todavía dominado por esa ola de antipatía que tuerce las almas rectas con tanta persistencia cuando su visión se ve burlada por las apariencias.
Existía, es verdad, muy en el fondo, una corriente subterránea de simpatía mediante la cual una mujer mundana lo habría conquistado. Pero Tess no pensó en esto; lo tomó todo como su merecido y apenas abrió la boca.
La firmeza de su devoción hacia él era en verdad casi conmovedora; por más que de naturaleza fuera de genio pronto, nada de lo que él pudiera decir la hacía perder la compostura; no buscaba lo suyo; no se irritaba; no pensaba mal del trato que él le daba. Bien podría haber sido en ese preciso instante la mismísima Caridad Apostólica regresada a un mundo moderno y egoísta.
La tarde, la noche y la mañana de aquel día transcurrieron exactamente igual que las anteriores. En una, y solo una, ocasión ella —la antes libre e