esperaban que la ruptura no se debiera a algo tan irremediablemente permanente como aquello. Les había dicho que ella estaba con sus parientes, y ante sus propias dudas habían decidido no inmiscuirse en una situación que no sabían cómo mejorar.
Los ojos a los que iba destinada la carta de Tess contemplaban en ese momento una extensión ilimitada de campo desde el lomo de una mula que lo llevaba desde el interior del continente sudamericano hacia la costa.
Sus experiencias en aquella extraña tierra habían sido tristes. La grave enfermedad que había padecido poco después de su llegada nunca lo había abandonado del todo, y poco a poco casi se había decidido a renunciar a su esperanza de dedicarse a la agricultura allí, aunque, mientras existiera la más mínima posibilidad de quedarse, mantuvo este cambio de opinión en secreto ante sus padres.
Las multitudes de braceros agrícolas que habían salido al campo tras sus pasos, deslumbrados por las promesas de una independencia fácil, habían sufrido, muerto y languidecido.
Veía a madres de granjas inglesas caminar con esfuerzo llevando a sus hijos en brazos, cuando el niño contraía la fiebre y moría; la madre se detenía a cavar un hoyo en la tierra suelta con sus propias manos, sepultaba allí al pequeño con esas mismas herramientas naturales de sepultura, derramaba una sola lágrima y volvía a emprender la marcha.
La intención original de Angel no había sido emigrar a Brasil, sino a una granja en el norte o el este de su propio país. Había llegado a este lugar en un arrebato de desesperación, ya que el movimiento brasileño entre los agricultores ingleses había coincidido por casualidad con su deseo de huir de su existencia pasada.