Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XIV

En su miseria se mecía sobre la cama. El reloj dio la solemne hora de la una, esa hora en la que la fantasía acecha fuera de la razón y las posibilidades malignas se yerguen inconmovibles como hechos.

Pensaba en la criatura confinada en el rincón más recóndito del infierno, como su doble condena por falta de bautismo y falta de legitimidad; la vio con el archidemonio arrojándola con su horquilla de tres puntas, como la que usaban para calentar el horno en los días de cocción; imagen a la que añadió otros muchos detalles pintorescos y curiosos del tormento que a veces se enseña a los jóvenes en este país cristiano.

La truculenta representación afectó con tanta fuerza su imaginación en el silencio de la casa dormida, que su camisón se empapó de sudor y la estructura de la cama temblaba con cada latido de su corazón.

La respiración del infante se hizo más difícil, y la tensión mental de la madre aumentó. Era inútil devorar a la criaturita a besos; no pudo seguir en la cama y caminó febrilmente por la habitación.

—¡Oh, Dios misericordioso, ten piedad; ten piedad de mi pobre criatura! —gritó—. ¡Derrama sobre mí toda la cólera que quieras, y sé bien recibida, pero ten piedad del niño!

Se apoyó contra la cómoda y murmuró súplicas incoherentes durante un buen rato, hasta que de repente se sobresaltó.

“¡Ah! ¡quizás el nene pueda salvarse! ¡Quizás sea exactamente lo mismo!”

Habló con tanta alegría que parecía como si su rostro hubiera brillado en la penumbra que la rodeaba. Encendió una vela y se fue a una segunda y a una tercera cama junto a la pared, donde despertó a sus hermanitos y hermanitas, los cuales ocupaban todos la misma habitación. Apartando el lavabo para poder ponerse detrás, vertió un poco de agua de una jarra y los hizo arrodillarse alrededor, juntando las manos con los

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