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nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XXV

Clare, inquieta, salió a la oscuridad cuando caía la tarde, habiéndose retirado a su cámara aquella que lo había conquistado.

La noche era tan sofocante como el día. No hubo frescor tras la puesta de sol salvo sobre la hierba. Los caminos, los senderos del jardín, las fachadas de las casas, los muros de los corrales estaban cálidos como hogares, y reflejaban la temperatura del mediodía en el rostro del noctámbulo.

Se sentó en la puerta este del corral de la lechería y no sabía qué pensar de sí mismo. Los sentimientos habían sofocado en verdad el juicio aquel día.

Desde el repentino abrazo, tres horas antes, los dos se habían mantenido separados.

Ella parecía aquietada, casi alarmada, por lo ocurrido, mientras que la novedad, la impremeditación, el dominio de la circunstancia lo inquietaban a él, criatura palpitante y contemplativa que era.

Apenas lograba darse cuenta todavía de su verdadera relación mutua, ni de cuál debía ser su comportamiento recíproco ante terceras personas de ahí en adelante.

Angel había venido como aprendiz a esta lechería con la idea de que su existencia temporal aquí sería el mero episodio de su vida, pronto concluido y temprano olvidado; había venido como a un lugar desde el cual, como desde una alcoba protegida, pudiera contemplar con calma el absorbente mundo exterior y, apostroféndolo con Walt Whitman—

Multitudes de hombres y mujeres ataviados con los trajes habituales, ¡Qué curiosos me resultan!⁠—

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