la mañana. Le gustaba escuchar los cánticos —tales como eran— y los viejos salmos, y unirse al himno matutino. Ese amor innato por la melodía, que había heredado de su madre aficionada a cantar baladas, confería a la música más sencilla un poder sobre ella capaz de arrancarle el corazón del pecho en ciertos momentos.
Para esquivar las miradas tanto como le fuera posible por razones propias, y para huir de las galanterías de los jóvenes, se puso en camino antes de que empezaran a sonar las campanas, y ocupó un asiento apartado bajo la tribuna, cerca de los trastos, a donde solo acudían ancianos y ancianas, y donde el féretro reposaba en vertical entre los aperos del camposanto.
Los feligreses fueron llegando de dos en dos y de tres en tres, se acomodaron en filas ante ella, apoyaron la frente durante tres cuartos de minuto como si estuvieran rezando, aunque no lo hacían; luego se incorporaron y miraron a su alrededor.
Cuando llegaron los cánticos, uno de sus favoritos resultó ser el elegido entre los demás —el viejo cántico doble «Langdon»—, pero ella no sabía cómo se llamaba, aunque le habría gustado mucho saberlo.
Pensó, sin llegar a formular exactamente el pensamiento, cuán extraña y divina era la potencia de un compositor, que desde la tumba podía guiar a través de secuencias de emoción, que él solo había sentido al principio, a una muchacha como ella que jamás había oído su nombre y jamás tendría la menor pista de su personalidad.
La gente que había vuelto la cabeza la volvió a girar a medida que avanzaba el oficio; y al fin, al observarla, susurraron entre ellos. Ella sabía de qué trataban sus susurros, se sintió enferma del corazón y comprendió que no podría volver a la iglesia.
El dormitorio que compartía con algunos de los niños se convirtió en su refugio de forma más constante que nunca. Aquí, bajo sus escasos metros