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nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XXVIII

“¡Lo intentaré⁠—no! Y te daré mis razones mañana⁠—la semana que viene”.

“¿Decirlo el domingo?”

“Sí, el domingo.”

Por fin logró escapar, y no detuvo su retirada hasta adentrarse en el bosquecillo de sauces desmochados en el extremo inferior del cortijo, donde nadie podía verla.

Allí se dejó caer Tess sobre la crujiente maleza de hierba de espada, como si fuera una cama, y permaneció agazapada en una miseria palpitante, interrumpida por fugaces destellos de alegría que sus temores sobre el desenlace no conseguían sofocar del todo.

En realidad, se iba deslizando hacia la aquiescencia. Cada vaivén de su aliento, cada oleada de su sangre, cada pulso que cantaba en sus oídos, era una voz que se unía a la naturaleza en revuelta contra su escrupulosidad.

Una aceptación de él temeraria e inconsiderada; unirse a él ante el altar, sin revelar nada y arriesgándose al descubrimiento; arrebatar el placer maduro antes de que los dientes de hierro del dolor tuvieran tiempo de cerrarse sobre ella: eso era lo que aconsejaba el amor; y con un éxtasis casi aterrador, Tess adivinó que, a pesar de sus muchos meses de solitaria autoflagelación, luchas, coloquios íntimos y planes para llevar una vida futura de austero aislamiento, el consejo del amor prevalecería.

La tarde avanzaba, y ella seguía entre los sauces. Oyó el estrépito de cuando bajaban los baldes de los soportes ahorquillados; el «¡guau, guau!» que acompañaba la reunión de las vacas. Pero no fue al ordeño. Verían su agitación; y el lechero, creyendo que la causa era únicamente el amor, la tomaría bonachonamente el pelo, y esa mortificación no la podía soportar.

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