“Tanto peor para usted. Creo que ese clérigo que desenterró su árbol genealógico habría hecho mejor en callarse. No puedo evitar asociar la decadencia de su familia con este otro hecho: su falta de firmeza.
Las familias decrépitas implican voluntades decrépitas, conductas decrépitas.
¡Cielo, por qué me habrá dado motivos para despreciarlo aún más al informarme de su linaje! ¡Y pensar que yo lo creía un hijo de la naturaleza recién surgido, cuando en realidad era usted el retoño tardío de una aristocracia agotada!”.
“¡Muchísimas familias están tan mal como la mía en eso! La familia de Retty fue en otro tiempo propietaria de grandes tierras, y lo mismo la del lechero Billett. Y los Debbyhouses, que ahora son carreteros, en su día fueron la familia De Bayeux. Uno encuentra a gente como yo por todas partes; es una característica de nuestro condado, y no puedo evitarlo”.
“Tanto peor para el condado”.
Ella recibió estos reproches en bloque, sin entrar en detalles; él no la amaba como la había amado hasta entonces, y a todo lo demás le era indiferente.
Continuaron deambulando de nuevo en silencio. Se contó después que un lugareño de Wellbridge, que salió tarde aquella noche en busca de un médico, se encontró con dos amantes en los prados, caminando muy despacio, sin hablar, el uno detrás del otro, como en una procesión fúnebre, y el fugaz vistazo que pudo echar a sus rostros pareció indicar que estaban inquietos y tristes. Al regresar más tarde, volvió a cruzarse con ellos en el mismo campo, avanzando con la misma lentitud y tan ajenos a la hora y a la noche inhóspita como antes.