En un punto estaba decidida: no habría más castillos en el aire de los d’Urberville en los sueños y los actos de su nueva vida.
Sería la lechera Tess, y nada más.
Su madre conocía tan bien el sentimiento de Tess a este respecto, aunque no habían mediado palabras entre ellas sobre el tema, que ahora nunca aludía a la hidalga ascendencia.
Sin embargo, tal es la incoherencia humana que uno de los atractivos del nuevo lugar para ella eran las virtudes fortuitas de hallarse cerca de la tierra de sus antepasados (pues no eran hombres de Blakemore, aunque su madre era de Blakemore hasta la médula).
La lechería llamada Talbothays, a la que se dirigía, no quedaba muy lejos de algunas de las antiguas posesiones de los d'Urberville, cerca de las grandes criptas familiares de sus abuelas y sus poderosos esposos.
Podría mirarlas y pensar no solo que los d'Urberville, como Babilonia, habían caído, sino que la inocencia individual de una humilde descendiente podía extinguirse con la misma discreción.
Todo el tiempo se preguntaba si le depararía alguna extraña buena fortuna el encontrarse en su tierra ancestral; y cierto espíritu dentro de ella brotaba automáticamente como la savia en las ramitas. Era una juventud inesperada, que surgía de nuevo tras su freno temporal, trayendo consigo la esperanza y el instinto invencible hacia el goce propio.