inclinada sobre su suave mejilla, se alejó con paso remolón. Cuando él se hubo ido, ella se quedó un momento pensativa pelando el último capullo; y luego, despertando de su ensueño, lo arrojó a él y a toda la muchedumbre de la nobleza floral impacientemente al suelo, en una ebullición de disgusto consigo misma por su niaiserie, y con una calidez acelerada en lo más hondo de su corazón.
¡Qué estúpida debía de juzgarla!
En un acceso de anhelo por su buena opinión, le vino a la memoria aquello que últimamente se había esforzado en olvidar, tan desagradables habían sido sus consecuencias: la identidad de su familia con la de los caballeros d'Urberville.
Por estéril que fuese tal atributo, y por desastroso que su descubrimiento hubiera sido para ella en muchos aspectos, quizá el señor Clare, como caballero y estudioso de la historia, la respetaría lo suficiente como para olvidar su infantil comportamiento con los lores y las damas si supiera que aquellos personajes de mármol de Purbeck y alabastro de la iglesia de Kingsbere representaban en verdad a sus propios antepasados directos; que no era una falsa d'Urberville, forjada a base de dinero y ambición como los de Trantridge, sino una auténtica d'Urberville hasta la médula.
Pero, antes de aventurarse a hacer la revelación, la dubitativa Tess tanteó indirectamente al mayoral sobre su posible efecto en el señor Clare, preguntándole a aquel si el señor Clare tenía gran respeto por las viejas familias de la comarca cuando estas habían perdido todo su dinero y sus tierras.
—Mister Clare —dijo el lechero con énfasis— es uno de los tozudos más rebeldes que jamás haya conocido, ni pizca parecido al resto de su familia; y si hay algo que odie más que a otra cosa, es la idea de lo que se llama una «vieja familia». Dice que la lógica indica que las viejas familias ya