Esta fue la última dracma necesaria para inclinar la balanza de su indecisión. Declararle el pasado de viva voz le era imposible; pero había otro camino.
Se sentó y escribió en las cuatro páginas de un pliego de cartas una narración sucinta de aquellos acontecimientos de hacía tres o cuatro años, la metió en un sobre y la dirigió a Clare.
Luego, para que la carne no volviera a ser débil, subió de puntillas sin zapatos y deslizó la nota por debajo de su puerta.
Su noche fue interrumpida y fragmentada, como bien podía esperarse, y estuvo atenta al primer ruido tenue en el piso de arriba.
Llegó, como de costumbre; él bajó, como de costumbre. Ella bajó.
Él la encontró al pie de las escaleras y la besó. ¡Sin duda, con tanta calidez como siempre!
Él parecía un poco turbado y ajado, pensó ella. Pero no le dirigió ni una sola palabra acerca de su revelación, ni siquiera cuando se quedaron solos.
¿Lo habría leído? A menos que él sacara el tema, sentía que no podía decir nada. Así pasó el día, y era evidente que, pensara lo que pensase, se lo guardaría para sí.
Sin embargo, se mostrava franco y afectuoso como antes. ¿Podría ser que sus dudas fueran infantiles? ¿que la perdonara; que la amara por lo que era, tal como era, y sonriera ante su inquietud como ante una tonta pesadilla?
¿Habría recibido realmente su nota? Echó un vistazo a su habitación y no vio rastro de ella. Podría ser que la hubiera perdonado. Pero incluso si no la hubiera recibido, albergaba una repentina y entusiasta confianza en que sin duda la perdonaría.