Echó a correr. La mujer tomó el otro sendero y pronto desapareció de vista.
Poco a poco, Rosamond se encontró en medio de una turbera: un paraje llano, solitario, sombrío y negro. Pensó, sin embargo, que el camino pronto la llevaría al otro lado, entre las granjas, y siguió adelante sin inquietud. Pero el arroyo, que hasta entonces había sido su guía, se había desvanecido; y cuando comenzó a oscurecer, Rosamond descubrió que ya no podía distinguir la senda. Dio media vuelta, por lo tanto, pero solo para comprobar que la misma oscuridad lo cubría tanto a sus espaldas como por delante. Aun así, intentó regresar manteniendo una línea tan recta como pudo, pues el camino era derecho como una flecha. Pero no veía lo suficiente ni siquiera para iniciar una línea, y no había avanzado mucho cuando se vio cercada, al parecer por todos lados, por zanjas y charcos de agua negra, lúgubre y viscosa. Y ya estaba tan oscuro que no lograba ver más que el destello de un trozo de cielo despejado de vez en cuando en el agua. Una y otra vez se hundió hasta las rodillas en el fango negro, y una vez cayó al borde poco profundo de un charco terrible; tras lo cual abandonó el intento de escapar de las mallas de aquella red acuática, se detuvo y comenzó a llorar amarga y desesperadamente. Veía ahora que su irrazonable enfado la había vuelto tan necia como grosera, y sentía que era justamente castigada por su maldad hacia la pobre mujer que había sido tan amable con ella. ¿Qué pensaría el príncipe de ella, si lo supiera? Se arrojó al suelo, hambrienta, fría y exhausta.
Al poco rato, le pareció ver criaturas alargadas que surgían pesadamente de las charcas negras. Un sapo le saltó encima, ella dio un grito, se puso de pie de un salto y habría huido a la desbandada, cuando divisó a lo lejos un débil fulgor. Creyó que era un fuego fatuo. ¿Qué andaría buscando? ¿La estaría buscando a ella? No se atrevía a correr, no fuera a ser que la viese y se le abalanzara. La luz se fue acercando, haciéndose cada vez más brillante y más grande. Era evidente que el pequeño demonio la andaba buscando; iba a atormentarla. Tras muchas vueltas y rodeos entre las