Mas, cosa aún más extraña de contar, no había cuadro, cualquiera que fuera su tema, en el que no introdujera alguna forma de apacible y armoniosa belleza. En esto, sin embargo, su ferocidad no hacía sino manifestarse con mayor plenitud. Pues en ningún caso dicha forma guardaba relación alguna ni con los actores ni con los sufridos personajes del cuadro. De ahí que su misma belleza resultara casi aborrecible para quienes la contemplaban. Ni una sombra cruzaba el cielo sereno de esa frente, ni una onda alteraba el mar tranquilo de esa mejilla. Ella no odiaba, no amaba a los dolientes: el pintor no quería que odiase, pues eso iría en detrimento de su belleza; no quería que amase, porque él odiaba. A veces flotaba por encima, como un ángel silencioso e indiferente, con la mirada puesta en lo alto, devaneando, indiferente como una blanca nube de verano, a través del azul. Si miraba hacia abajo, a la escena que ocurría más abajo, era solo para que el espectador viera que ella lo veía y no le importaba —que ni una pluma de sus alas desplegadas se estremecería ante la visión. A veces se paraba entre la multitud, como si hubiera sido copiada allí desde otro cuadro, y no tuviera nada que ver con este, ni derecho alguno a estar en él. O cuando la sangre roja goteaba gota a gota de la extremidad destrozada, se la podía ver de pie muy cerca, sonriendo ante una primula o la pelusa de un melocotón. Algunos habían dicho que era la esposa del pintor; que le había sido infiel; que él la había matado; y, descubriendo que aquello no era una venganza suficiente, así, mitad por amor y mitad por el más hondo odio, inmortalizó su venganza. Pero ahora se entendía universalmente que era su hija, sobre cuya hermosura corrían extravagantes rumores por todas partes; aunque todos decían, sin duda leyendo esto en los cuadros de su padre, que era una belleza sin corazón. Extrañas teorías sobre algo que ocupaba su lugar corrían entre los estudiantes de anatomía. De la muchacha de los cuadros, la desbocada imaginación de Lottchen, debido probablemente en parte a su aparente e inalcanzable inalcanzabilidad y a su indiscutible falta de corazón, se había enamorado, tan lejos como la mera imaginación puede enamorarse.
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El Pintor Cruel
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