Cuando su padre volvió a casa, ya podréis imaginar que se quedó boquiabierto al ver al niño en la cama.
Colin le contó lo que había pasado.
Pero su padre dijo que se había encontrado con una caravana de gitanos en la colina aquella mañana.
—Y tú siempre fuiste un soñador, Colin, incluso antes de saber hablar.
—¿Pero aún no hueles el Carasoyn? —dijo Colin.
—Sí huelo algo muy agradable, desde luego —respondió su padre—; pero creo que es el alhelí que está en lo alto del muro del jardín. ¡Qué floración tiene este año! Estoy seguro de que no hay nada más dulce en todo el País de las Hadas, Colin.
Colin concedió eso.
La niña durmió durante tres días enteros. Y durante otros tres días no dijo otra palabra más que «¡Tengo muchísimo frío!».
Pero después de eso comenzó a reanimarse un poco y a prestar atención a las cosas que la rodeaban. Durante tres semanas no probó otra cosa que leche de la vaca y no se movió del rincón de la chimenea.
Sin embargo, poco a poco comenzó a ayudar a Colin un poco con las tareas de la casa, y al hacerlo, su rostro fue adquiriendo cada vez más expresión; y progresó tanto que al cabo de tres meses podía hacer todo tan bien como el propio Colin, y sin duda con más pulcritud.
Por lo cual él le cedió sus obligaciones y salió con su padre a aprender el oficio de pastor.
Así pasaron las cosas durante tres años. Y Hada, como la llamaban, se ponía más hermosa cada día, y admiraba a Colin cada vez más todos los