No hace falta detenernos en los tópicos de la insistencia y la capitulación. Basta decir que él insistió y yo capitulé. Se fijó el día para nuestra partida conjunta; pero algo, no recuerdo el qué, hizo que él adelantara la fecha, y se decidió que yo viajaría más avanzado el mes.
Era una tarde lloviznosa de principios de la última semana de octubre cuando salí del pueblo de Bradford en una calesa de alquiler para dirigirse a Lewton Grange, la propiedad del padre de mi amigo. Apenas había dejado el pueblo, y el crepúsculo apenas empezaba a intensificarse, cuando, al mirar por una de las ventanillas de la calesa, creí ver, entre mí y el seto, la figura imprecisa de un caballo que mantenía nuestro paso. Pensé, en el primer intervalo de sinrazón, que era la sombra de mi propio caballo, pero al momento siguiente recordé que no podía haber sombra donde no había luz. Cuando volví a mirar, al primer vistazo me convencí de que mis ojos me habían engañado. Al segundo, creí una vez más que algo sombrío, con los movimientos de un caballo enjaezado, iba a la par nuestra. Volví a apartar la vista con cierta incomodidad, y no fue hasta que alcanzamos un camino de páramo abierto, desde donde se divisaba una pálida luz acuosa en el horizonte, cuando pude armarme de valor suficiente para volver a mirar hacia afuera. Ciertamente entonces no se veía nada, y me persuadí de que todo había sido una fantasía, y encendí un cigarro. Con los pies en los cojines frente a mí, pronto me había elevado sobre las nubes de tabaco muy por encima de todos los terrores de la noche, creyéndolos desterrados para siempre. Pero, al terminarse mi cigarrito justo cuando entrábamos en la avenida que conducía a la Grange, me encontré de nuevo mirando con nerviosismo por la ventanilla. En el momento en que los árboles me rodeaban, había, si no un caballo sombrío ahí fuera junto a la calesa, desde luego más de media convicción de ello aquí en mi conciencia. Sin embargo, cuando vi a mi amigo de pie en el umbral, recortado en la oscuridad contra el resplandor del fuego del vestíbulo, me olvidé por completo del asunto; y no hace