trinchar, Laetitia enviaba al instante a una de sus hermanas a interrogar al viejo reloj del recibidor y a informar de la hora con un margen de medio minuto. Se comprobaba entonces que, si había algún error, el error era del reloj. Pero aunque sin duda era una virtud tener la casa en orden tan perfecto, no lo era mostrar impaciencia ante cualquier infracción de sus reglas por parte de los demás. Era muy severa, por ejemplo, con sus dos hermanas menores si, en el preciso instante en que sonaba la segunda campana, no estaban sentadas a la mesa, lavadas y con delantal. El orden era para ella un auténtico ídolo. De ahí que la casa estuviera demasiado ordenada para cualquier sensación de comodidad. Si dejabas un libro abierto sobre la mesa, al regresar a la habitación un momento después, lo encontrabas guardado. Cómo era el mobiliario del salón, nunca lo supe; pues ni siquiera el día de Navidad, que fue el último que pasé allí, estuvo descubierto. Todo en él se guardaba con baberos y delantales. Hasta la alfombra estaba cubierta con una fría y resbaladiza sábana de holanda marrón. El señor Hetheridge jamás entraba en esa habitación, y en eso era prudente. James protestó una vez. Ella le respondió con total amabilidad, incluso de forma juguetona, pero no sobrevino ningún cambio. Lo que era peor, preparaba un té muy malo. Su padre nunca tomaba té; tampoco James. A mí me gustaba bastante, pero pronto lo dejé. Todo lo que consumía su padre era de primera calidad. Todo lo demás era algo paupérrimo. Mi placer en la compañía de Laetitia me impedía sacar deducciones prácticas de tales naderías.”
—No habría creído que supieras nada sobre comer, tío —dijo Janet.
“Cuanto menos come un hombre, más le gusta comer bien, Janet. En resumen —ya no hay daño en decirlo ahora—, Laetitia estaba tan lejos de hacer honor a su nombre de bautismo —y la mayoría de los nombres son tan buenos que vale la pena pensar en ellos; a ningún niño se le pone el