Pero de nuevo, ¿cómo iba a verla? Merodeaba por la casa noche tras noche. Aquellos ojos azules jamás se cruzaron con los suyos. Ningún paso que respondiera al suyo salió de aquella puerta. Parecía haber estado tanto tiempo cerrada que se había vuelto tan rígida y dura como las piedras que sujetaban sus cerrojos en su pasivo abrazo.
No se atrevía a vigilar de día, y con toda su vigilancia nocturna, jamás vio al padre, a la hija o a ningún criado cruzar el umbral. Poco se imaginaba que, desde una tronera cerca de la puerta, un par de ojos azules, como los de Lilith, pero más pálidos y fríos, lo estaban observando tal como una araña observa a la mosca que probablemente no tardaría en caer en sus redes.
Y en esas redes cayó Karl muy pronto. Pues su figura oscurecía la página; su figura se paraba en el umbral del sueño; y cuando, vencido por la vigilia, entraba en sus dominios, la figura de ella entraba con él y caminaba a su lado. Tenía que encontrarla; o el mundo podía irse al pozo sin fondo por él. ¿Pero cómo?
Sí. Sería pintor. Teufelsbürst lo recibiría como a un humilde aprendiz. Le molería los colores, y Teufelsbürst le enseñaría los misterios de la ciencia que es la criada del arte. Entonces podría verla, y esa era toda su ambición.
En la clara luz matutina de un día de otoño, cuando las hojas empezaban a caer marchitadas por la mano de esa Muerte que tiene su danza tanto en las capillas de la naturaleza como en las naves de las catedrales de los hombres, subió y llamó a la puerta oscura. El pintor araña la abrió en persona. Era un hombre pequeño, escuálido y pálido, con esos ojos azules desvaídos, una nariz baja en tres divisiones distintas y unos labios delgados, sin curvas, crueles. No llevaba pelo en el rostro; pero largos mechones grises, largos como los de una mujer, se esparcían por sus hombros y colgaban sobre su pecho. Cuando Wolkenlicht hubo