ahora que estaba muerta, pues todo lo que hacía de ella una lámpara había desaparecido, a saber, su brillante resplandor. ¡Entonces tenía que ser el resplandor, la luz, lo que se había apagado! Eso debía de ser lo que Falca quería decir, y tenía que estar en algún lugar del otro sitio de la pared. Emprendió de nuevo la marcha en su busca y avanzó a tientas hacia la cortina.
Ahora bien, nunca en su vida había intentado salir, y no sabía cómo; pero instintivamente comenzó a mover las manos por una de las paredes detrás de la cortina, medio esperando que la atravesaran, como suponía que hacían Watho y Falca.
Pero la pared la repelió con inexorable dureza, y se giró hacia la de enfrente.
Al hacerlo, apoyó el pie sobre un dado de marfil, y al golpear este con fuerza el mismo punto que el alabastro roto ya le había lastimado, cayó hacia adelante con las manos extendidas contra la pared.
Algo cedió, y cayó rodando fuera de la caverna.