Les dio un saludo afectuoso, pero demasiado serio incluso al darles la mano como para sonreír al hacerlo. Se sentó en el sillón junto al rincón de la chimenea.
He sido meticuloso en su descripción para que mi lector pueda otorgar el peso debido a sus palabras. Creo tanto en las palabras que considero que todo depende de quién las pronuncie.
La historia del tío Cornelius Heywood, contada palabra por palabra por el tío Timothy Warren, no habría sido en absoluto la misma historia. Ninguno de los oyentes habría creído una sola sílaba de ella en labios del regordete, carirrojo, ojicohecho y pequeño tío Tim; ¡mientras que en los del tío Cornie... desmentir una sola de sus historias, si es que uno podía!
Una palabra más acerca de él. Su interés por todo lo que se conjeturaba o creía relativo al terrible territorio fronterizo entre este mundo y el próximo, solo era comparable a su repugnancia por las formas vulgares y carentes de imaginación que la curiosidad por tales temas ha adoptado en la actualidad. Con un anhelo por lo invisible semejante al de un niño por que levanten el telón de un teatro, declaraba que, antes que aceptar un mundo espiritual como el que los autodenominados videntes del siglo XIX creían o fingían revelar —los profetas de una inmortalidad pauperizada y de hospicio, inventada por un alma empobrecida y un apetito tan voraz que se atiborraría de carroña—, se regocijaría creyendo que el hombre posee tanta alma como la col de Jámblico, a saber: un doble aéreo de su cuerpo.
—¡Me alegra tanto que hayas venido, tío! —dijo Kate—. ¿Por qué no habías venido a cenar? ¡Hemos estado tan tristes!
—Bueno, Katey, ya sabes que no admiro el comer. Nunca he podido soportar ver a una vaca arrancando la hierba con su larga lengua. Mientras hablaba, se parecía mucho a una vaca. Tenía la costumbre de abrir las mandíbulas mientras mantenía los labios bien apretados, lo que