La anciana y su gallina
Por la mañana, sin embargo, le había vuelto el valor, pues la palabra Carasoyn no dejaba de repetirse en su cerebro.
“Las personas en los cuentos de hadas —dijo—, siempre encuentran lo que buscan. ¿Por qué no habría de encontrar yo este Carasoyn? No parece probable. Pero el mundo no gira según lo probable. Así que lo intentaré”.
Pero ¿cómo iba a empezar?
Cuando Colin no sabía qué hacer, siempre hacía algo. Así que, en cuanto su padre se fue a la colina, remontó el arroyo por el que habían venido las hadas.
—Pero no tengo por qué seguir así —dijo—, pues si el carasoyn creciera en el país de las hadas, la reina sabría cómo conseguirlo.
De repente recordó cómo se había perdido en el páramo cuando era un niño pequeño; y había entrado en una choza y encontrado allí a una vieja hilando. ¡Y ella le había contado tales historias! y le había enseñado el camino a casa.
Así que pensó que ella podría ayudarle ahora; pues recordaba que entonces era muy anciana, y que ahora debía de ser más vieja y aún más sabia. Y se propuso ir a buscar la choza y preguntarle a la anciana qué debía hacer.