completo; mientras tanto, el objeto de su solicitud solo era consciente de la quietud iluminada y de la nueva barrera entre Charley y Newgate. La realidad respecto a Stephen era que cierta capa dura, provocada por continuos arados a la misma profundidad y no más allá en la tierra de su mente, comenzó esa noche a romperse desde adentro, y ello debido a la presencia de una joven que por su parte no hilvanó dos palabras de todo el discurso.
El pastor estaba predicando sobre la frase de san Pablo de que él mismo desearía ser anatema de Cristo por amor a sus hermanos. Gran parte de su sermón fue un intento de demostrar que el apóstol no podía haber querido decir lo que sus palabras daban a entender.
Porque la mente del pastor estaba tan llena del supuesto deber primordial de salvar su propia alma, que el entusiasmo del apóstol le resultaba simplemente increíble.
Al escuchar con aquella mujer a su lado, Stephen dudó por primera vez de la sabiduría de su pastor. Tampoco podía soportar que tal fuera la primera doctrina que Sara escuchara de sus labios.
Así se vio ya noblemente recompensado por su bondad; pues la presencia de una mujer que, sin religión consciente, era para sí misma una ley de amor, lo llevó a sintonizar tanto con la poderosa alma de san Pablo que, desde ese momento, la bendición de la duda obraba en la suya, socavando los muros de la prisión.
Volvió a casa con Sara casi en silencio, pues le pareció imposible inculcarle aquellas partes del sermón en las que no encontraba tacha alguna, no fuera a retorcerle la respuesta a propósito de aquel único punto. Las flechas de las que Sara se libró, sin embargo, por su ignorancia la habrían golpeado tan solo con el extremo de las plumas.